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La quinceañera que no pude tener
Por Gwendolyn Zepeda

La razón por la cual quería una quinceañera era el vestido, por supuesto. Según mis ideas, todo el evento sería como un ensayo para el baile de graduación, o hasta para mi boda.

Pero no, era una mentira. La verdadera razón por la que quería una quinceañera era la muñeca. Pensaba mucho en esa pequeña muñeca que se parecería a mí, con un vestido igual al mío. Mi pequeña gemela de plástico. Eso, y la tiara. Y el pastel. Y el baile. Quizás el jugador de fútbol americano más guapo de Fiesta aparecería y bailaríamos bajo las luces...

Por la noche contaba los nombres de las muchachas. Dorothy, Amanda, Myrshia, Jocelyn… Necesitaría convencer a sus mamas a que les compraran vestidos como los de las damas de honor. Y sin embargo, sin importar cuantos nombres contaba y cuantos argumentos convincentes componía, nunca podía llegar al número mágico de catorce, y necesitaba catorce amigas para componer mi corte real. De alguna manera tenía que hacerme más popular.

Mi familia apenas tenía dinero para la ropa escolar, mucho menos para una vestido de baile brillante con tul de rosita pálida. Además, existía el asunto de la religión. Por alguna razón, nunca me habían bautizado. Por lo tanto, nunca he tenido mi primera Confesión, Concepción, Confección, Condensación o cualquiera de esas cosas. Mi prima Helen, recién casada y buscando algo de glamour, había sugerido con poco entusiasmo que hiciera todas las ceremonias rápidamente en el mes antes de que cumpliera quince. Fui al centro y me probé unos vestidos, por si acaso, pero no funcionó. El día que cumplí mis quince, no había muchachas, ni muñecas, ni tiaras. Ni sé si hubo un pastel.

Un año después, mi amiga Letty me enseño fotos de la quinceañera que su familia le hizo. Era un evento en el patio. No había una corte real, ni una tiara, ni un baile con luces de discoteca. Solamente su familia, un asador, mucho simbolismo religioso y un payaso. Además hubo un pastel. Y una muñeca, vestida como ella. Aunque no era como yo lo había imaginado para mis quince, ella estaba orgullosa de su fiesta, y yo me sentí celosa.

“Yo iba a tener una quinceañera,” le dije. “Pero no tenía suficientes muchachas para mi corte, así que decidí que no valía la pena”. Ahí estaba. Decir eso calmaba los celos que sentía en mi estomago.

“Ah... ¡Me hubieras dicho!” exclamó Letty. “Yo hubiera participado. Y mi amiga Nelly, y mi hermana. Le podrías haber preguntado a todas tus primas. Hubieras encontrado suficientes”.

“No,” le dije. “No podía haberles preguntado a todas esas personas. Casi ni las conozco”.

Puso los ojos en blanco ante mi ignorancia. “Todos ayudan para tu quinceañera. Tienen que”.

Lo que me dio más tristeza en ese momento no era la muñeca. Si no que me arrepentí de haber perdido la oportunidad de ver... de sentir... tanta buena voluntad en mi nombre. Antes, nunca me hubiera imaginado que personas casi desconocidas se reunieran para celebrar el cumpleaños de una pequeña jovencita.

Pero eso, aparentemente, era el poder de la comunidad. Y a mí me tocó aprender eso gratis.

Gwendolyn Zepeda es una chicana de Houston. Su primer libro, “To the Last Man I Slept With and All the Jerks Just Like Him,” fue publicado por Arte Publico Press en 2004, y Warner Books publicará su próximo libro en 2007. Para más información acerca de Gwen, visite www.gwenworld.com.

 

 
 
 

 

 
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